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 La ciudad de los prodigios

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AutorMensaje
Leonardo da Vinci
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Mensajes : 22
Fecha de inscripción : 02/11/2010

MensajeTema: La ciudad de los prodigios   Jue Nov 04, 2010 8:37 pm

Viento en popa y con marea alta, el velero bergantín navegaba a toda vela por el río Támesis, meciéndose violentamente sobre el agua. La bandera francesa ondeaba a lo alto, imponente, avisando a los ciudadanos de que un nuevo barco acababa de llegar. A bordo, los marineros circulaban a paso rápido por cubierta, dando gritos de una punta a otra con sus voces quebradas, desprendiendo un hedor a perro sucio y a sudor. Recostado sobre una barandilla de estribor y evitando mojarse a toda costa, el anciano artista observaba interesado el duro trabajo de los comerciantes mientras, a su lado, su estimado ayudante Francesco observaba tierra firme anhelando desembarcar de una vez por todas. El viaje no le había sentado nada bien al joven, que no estaba acostumbrado a moverse en barco, y se aferraba a la madera para no desfallecer delante de su maestro. A Leonardo, en cambio, le había inspirado de sobremanera la travesía y sus ojos brillaban emocionados como los de un niño con un juguete nuevo, deseoso de poder hacer sus esbozos, a pesar de los dolores musculares que le provocaba la humedad.

Por fin, al grito de “soltad las amarras”, el velero se detuvo en el muelle, enfilado tras otros semejantes y colocaron una rampa para bajar. Francesco casi se echó a correr cuando la pusieron y fue uno de los primeros en llegar, seguido del anciano, que caminaba bastante más despacio y quien le echó al aprendiz una mirada de reproche por sus malos modales. Él se apresuró a ayudarle, algo ruborizado, ofreciéndole su brazo para apoyarse.

Ah… —exclamó Leonardo al llegar abajo, cerrando los ojos para inspirar con gozo—. Londres… la ciudad de los prodigios ¿Qué misterios nos aguardarán tras esas calles, Francisco? ¿Qué secretos esconderá la ciudad? ¡Qué emoción! ¡Nuestra primera vez en Londres! ¡Cómo deseo conocerlo todo!

El maestro estaba visiblemente excitado y miraba a todas partes con fascinación, incluso las viejas y sucias callejuelas que se situaban frente al muelle. Estiraba sin parar del brazo del joven para arrastrarlo hacia todos los rincones a la vez, sin decidirse a dónde dirigirse. Francisco no pudo más que sonreír divertido ante la energía del abuelo y tenía que disculparse ante todas esas personas a las que empujaban sin querer. En más de una ocasión tuvo que decirle que redujera la marcha, que sus huesos ya no estaban para esos trotes, mostrando una confianza tierna y protectora.

Finalmente, Leonardo encontró algo que atrajo por completo su atención: un pintor que, sentado sobre un taburete, dibujaba el velero que tenía enfrente en un lienzo sujetado por un trípode de madera.
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Ekaterina Ivanovna
Damas de la Reina
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Mensajes : 102
Fecha de inscripción : 28/10/2010

MensajeTema: Re: La ciudad de los prodigios   Jue Nov 04, 2010 9:31 pm

No sabia como habia acabado aqui. Desde que llegue me llamo la atencion este lugar. Al igual que S. Petersburgo, Londres tambien contaba con un gran rio. Tal y como esperaba estaba repelto de gente, el bullicio de la gente se notaba y las prisas tambien, apenas era capaz de entender algo. Hablaban demasiado rapido para mi como para poder comprender algo. Aunqeu dedaba de lo que hablasen fuera de gran interes ya que todo tenian apariencia de ser gritos, nada mas.

Era extraño tener de esta libertad, pero era facilmente justificable. La Zarina estaba con el Zar, pasarian juntos el dia. Como primera dama de la Zarina podia estar presente pero intentaba manetener lo mas alejada posible de el, por lo que tras recibir el permiso de la soberana rusa, opte por salir. Tomar el aire siempre venia bien.

Tal y como me miraba la gente debi suponer que no pasaba desapercibida que se notaba que era de fuera. Seguramente seria mas por mi vestimenta que por nada mas. Llevaba un vestido de terciopelo, en Rusia, era un tejido bastante usado y comun por el calor que proporcionaba y mi vestido estaba justamente hecho enteramente de eso. EL pelo lo llevaba recogido en un simple pero bonito moño y al cuello llevaba un collar. Siempre le habia tenido aprecio a ese collar, era de mi madre, fue unos de los regalos del Zar cuando eran amantes. La piedra preciosa del medio brillaba sin dejar de emitir destellos, se distinguia claramente con esta el arte ruso en la joyeria.

Algo capto mi atencion, un hombre anciano que llevaba arrastras a uno mucho mas joven que el. Pero que a pesar de su edad parecia en plena forma, iba de un lado a otro sin para. Pero se paro, se quedo mirando un hombre que pintaba. No pude evitar acercarme con curiosidad. Ese extraño hombre me llamaba la atencion.
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Leonardo da Vinci
Artistas
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Mensajes : 22
Fecha de inscripción : 02/11/2010

MensajeTema: Re: La ciudad de los prodigios   Vie Nov 05, 2010 7:01 pm

Mientras miraba el cuadro con aire pensativo acariciándose la barba con la mano, se imaginaba como lo hubiera hecho él y comparaba la realidad con el borrador del pintor. No parecía demasiado experimentado, a juzgar por su estilo y la edad de éste, pues no tendría más años que Francesco, el cual rondaba los treinta años. Se agachó un tanto para comentarle algunos detalles, señalándolos con el dedo índice y gesticulando con la mano el movimiento que debía hacer con el pincel para alcanzar el efecto deseado. El hombre le miró extrañado en un principio, preguntándose seguramente quién era ese viejo que osaba decirle cómo hacer su trabajo, pero luego se percató de la realidad de sus palabras y ese rechazo se convirtió en interés, observando con detenimiento lo que le decía. Comprobó con sorpresa que la teoría se aplicaba con total precisión en la práctica y eso le estimuló para realizarlo con más fervor.

Satisfecho de sí mismo, el anciano se hinchó orgulloso y rotó sobre sí mismo con pomposidad, dando por concluida su buena acción del día, justo para toparse de morros con una mujer que estaba detrás de él. No llegó a chocarse con ella pero quedaron a una distancia comprometedora de menos de un palmo y se apresuró a dar un paso hacia atrás en un acto reflejo.

Lo siento, signora —balbuceó con rapidez en un inglés marcado con un fuerte acento italiano. No era ningún entendido en este idioma y tenía un nivel elemental que le servía para lo básico ya que, a pesar de haber estudiado bastante vocabulario y gramática, la pronunciación todavía no la dominaba.

La mujer en cuestión se trataba de una joven de cabellos dorados, ojos claros y cara de ángel, algo que no se veía muy a menudo por el sur de Europa, pero que según tenía entendido era natural en el norte, incluyendo Gran Bretaña. L e reconfortó ver que, como él, la chica también vestía ropas singulares para el país en el que se encontraban, de una tela peculiar que no había visto nunca. Entonces, se percató del colgante que llevaba al cuello, cuyo brillante reflejaba la mortecina luz del sol en una perfecta cruz que demostraba que el diamante era auténtico.

¡Caspita! ¿Pero qué ven mis ojos? ¿Acaso no se trata de un diamante azul? ¡Es fabuloso! —se sobresaltó de repente el anciano, mirándolo un poco más de cerca sin ningún pudor. Luego subió la vista a los ojos de la dama, azorado al darse cuenta de su mala cortesía, y se apresuró a añadir— Esto… ¿Puedo verlo?
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